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Laicismo y Ética

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 Por Alfredo López Austin*

Las relaciones sociales generan pautas de pensamiento y conducta relativas a su propia armonía, las cuales, a su vez, dan origen a procesos de generalización y abstracción, a cuerpos de normatividad y a instituciones.

 
1. EL ESTADO MODERNO.
El estado moderno es una etapa evolutiva en la larguísima historia de la organización humana. Lo aglutina un sentimiento permanente de pertenencia que emana de una enorme multitud de seres humanos acogidos a la regularidad de las innumerables formas de sus relaciones sociales. Es un complejísimo sistema integrado por dichas relaciones, mismas que hacen posible la subsistencia del hombre. 
 
Lo quiera o no, el hombre es un ser colectivo, incapaz de prescindir de su índole social. Fue colectivo por instinto desde el principio de la especie, y lo es cada vez más en la tupida red de su cultura. En el territorio que ocupa cada estado, la historia reúne sociedades heterogéneas y origina en él nuevas diversidades. Son estas sociedades heterogéneas las que forman, día a día, el entramado de relaciones que da vida al gran complejo. Por ellas, en su heterogeneidad, el estado es estado, el sentimiento de pertenencia aglutina y el actuar cotidiano convierte pautas en instituciones generales. 
 
La omnipresente heterogeneidad social es un enorme reto para la conformación de los estados modernos. Éstos son, sin duda los nichos que hacen posible la existencia de millones de seres humanos; pero arrastran en su relativa normalidad las profundas contradicciones que nacen de asimetrías, explotación e injusticias. La normalización de las relaciones sociales y la institucionalización que las cristaliza favorecen en forma desproporcionada los intereses de algunos sectores de la población heterogénea en detrimento de las formas de vida de los restantes. Esto da origen a la lucha permanente nacida de la inequidad. Las diferencias de clase, de etnia, de género, de cultura, de credo, de educación y muchas más son el motivo —o el pretexto— para mantener las asimetrías. 
 
Las historias particulares de las contradicciones modelan muy diversos rostros a los estados modernos.  En la configuración de cada rostro ha estado presente, en mayor o en menor medida, la férrea voluntad humana, y por ella se ha producido la extensa gama que va de los regímenes opresivos a los democráticos.
 
Son los regímenes democráticos los que tienden a impedir la inequidad social; los que luchan por la supresión de los factores que inhiben el desarrollo de los desfavorecidos; los que pretender que cada sector componente de la población heterogénea tenga la posibilidad de prosperar, de manifestarse, de alcanzar el bienestar y de realizar sus anhelos en igualdad de circunstancias y oportunidades.  En suma, estos regímenes democráticos intentan impedir que la preponderancia de un grupo, e incluso la preponderancia de una mayoría, se imponga a la voluntad, intereses, anhelos y proyectos de la población general considerada en en su composición heterogénea. En los regímenes democráticos modernos se propugna que tanto el individuo en su calidad de ente colectivo como la colectividad considerada identidad de individuos alcancen una vida más plena, más digna y más satisfactoria. 
 
Hay dos vías de enfrentar la heterogeneidad producida por la naturaleza o por la historia. Una es el integrismo que pretende borrar las diferencias y reducir a la población entera a una forma canónica —llámese credo común, proyecto único de vida, lengua oficial única, cultura nacional única— para producir una masa uniforme, dúctil ante concepciones, beneficios e intereses denominados comunes. La otra vía es la que reconoce la heterogeneidad como una realidad insoslayable, y construye sistemas operativos para que la diversidad misma sea un factor positivo en la marcha de la sociedad. Así, en vez de reprimir, marginar, confinar o aun tolerar, la segunda vía pugna por la participación digna y en equidad de todos los integrantes de la población en la diaria formación del estado. Lamentablemente la historia universal ofrece muchos más ejemplos de la primera vía que de la segunda. Las pretensiones de reducción a la uniformidad dejan el testimonio de la monstruosidad de sus concepciones, la brutalidad de sus métodos y la ineficacia de sus resultados.
 
Los resultados son nulos. Aun pensando que la segmentación, el aniquilamiento, el destierro masivo o la sumisión pudieran algún día producir una integración perfecta, bastaría un día para que de la lograda ortodoxia brotaran las nuevas herejías. La razón es obvia: la idiosincrasia colectiva del ser humano no se funda en la identidad absoluta de los componentes, sino en la complementariedad de sus diversidades en la vida común. 

2. EL ESTADO LAICO.
Históricamente la lucha más tenaz se ha dado en contra de las pretensiones de una confesión religiosa de imponerse sobre toda la población estatal, independientemente de las diferencias de credo de los afectados. La corriente de pensamiento y acción que lucha contra esta imposición ha recibido el nombre de laicismo. Es necesario distinguir aquí la diferencia existente entre lo anticonfesional y lo aconfesional. El laicismo no es anticonfesional, puesto que no ataca ninguna concepción religiosa. Por el contrario, garantiza la libertad de conciencia y de práctica de los ciudadanos en materia religiosa, amparando los derechos individuales de creer o no creer, de practicar o no practicar un culto y de formar parte o no de colectividades religiosas. En este sentido, el estado laico es aconfesional. Reconoce a las distintas confesiones existentes; pero no privilegia ni ataca a ninguna de ellas. Frente a la pluralidad de confesiones, adopta un trato igualitario y establece las medidas necesarias para que exista el recíproco respeto ciudadano.

3. ÉTICA Y ÉTICAS.
Las relaciones sociales generan pautas de pensamiento y conducta relativas a su propia armonía, las cuales, a su vez, dan origen a procesos de generalización y abstracción, a cuerpos de normatividad y a instituciones. Los preceptos resultantes pueden clasificarse, grosso modo, en morales y jurídicos, con reserva de la segunda categoría aquellos cuyo cumplimiento es legalmente resguardado por la fuerza pública del estado. No me referiré al ámbito de lo  jurídico. Aquí me referiré sucintamente a la normatividad moral, que en sus máximos niveles de abstracción y reflexión desemboca en el campo de la ética. 
 
Hay una diferencia considerable entre las éticas religiosas y las de carácter laico. Su distinción no radica necesariamente en el contenido normativo, pues con mucha frecuencia las normas religiosas y las laicas son coincidentes. Radica en su fundamentación, en su origen, en su amplitud vinculante, en su competencia, en la naturaleza de las consecuencias de su obediencia o transgresión, etcétera. Doy un ejemplo en cuanto a la amplitud de los vínculos de la relación. En la ética religiosa, aunque el vínculo se establezca entre miembros de la sociedad, incluye también una entidad sobrenatural. Así, en el pecado, el posible daño causado a un semejante queda en segundo plano frente a la ofensa que la misma acción afecta a la divinidad. En cambio, en la ética laica el vínculo es de naturaleza exclusivamente humana, aunque se ejerza en radios de muy distintas dimensiones: del individuo a la pareja, de ésta a la familia, o a grupo, o a la nación o a la humanidad entera; pero la liga siempre es estrictamente humana.
 
En  los estados laicos pueden coexistir las éticas religiosas y las laicas. Su diferencia, marcada por las competencias, permite a todo individuo cumplir con su normatividad moral si distingue la naturaleza de los ámbitos de ejercicio. Así, el seguimiento de cualquier ética religiosa quedará circunscrito a quienes la acepten como parte de su propio credo y no afectará a los ajenos.

4. LA ÉTICA LAICA.
Hoy, que luchamos por la reconstrucción del carácter del ciudadano por medio del impulso a la ética laica, es conveniente señalar algunas de sus características. 
 
La ética laica concibe la moral como un producto histórico. La moral es, así, dinámica y mutable. Los principios éticos no son cristalizaciones eternas, sino adaptaciones del ser humano a su propio devenir. Esto es hoy más válido que nunca, cuando vivimos transformaciones radicales y vertiginosas. 
 
La ética laica es un producto humano porque el hombre es el ser capaz de transformar su mundo con el esfuerzo del empeño, el poder la razón, la cohesión de la comunicación y la responsabilidad de velar por ésta y por las futuras generaciones. 
 
La ética laica finca al ser humano en este mundo. Es del hombre, construida por el hombre y para el hombre, en una dimensión humana que se prologa por siglos. Su fin es práctico, directo, consecuente, y debe pugnar por una eficacia de pronto, mediano y largo plazo. 
 
Si la moral laica atañe a la intimidad del individuo, es solamente en cuanto esta intimidad determina acciones de repercusión social y en cuanto es formadora de conciencia y de un carácter responsable. 
La ética laica es aceptada por el libre arbitrio individual y su adhesión es motivada por la confluencia de la razón y el sentimiento del individuo. 
 
La ética laica no sólo se refiere al cumplimiento de obligaciones, sino a la adquisición de derechos; instaura el círculo de las reciprocidades, el de la colaboración cohesiva.
 
La ética laica, por último, está apoyada en la ciencia y la filosofía.

5. MÉXICO HOY.
México es un mosaico de culturas, de creencias, de proyectos. A lo largo de los siglos ha padecido inequidades y explotaciones. Se ha pretendido reducir a su heterogénea población a ideologías canónicas que se autojustifican en la falsa visión de un credo común. Pero en materia religiosa, México también es un mosaico, más allá de la falacia de censos que sólo se fundan en la autoadscripción a una etiqueta, no a la naturaleza de las creencias.
 
Por ello el México democrático tiene fuerte vocación de estado laico, y a lo largo de su historia ha luchado por la supresión de desigualdades que en buena parte se sostienen en la pretensión impositiva. 
 
Hoy se pretende olvidar la historia y el sacrificio de nuestros antepasados, y el gobierno desconoce la vocación laica del estado. Así, el gobierno se ha convertido en el brazo ejecutor de una confesión en la que la jerarquía ya es consciente de su incapacidad de convencimiento sobre sus propios fieles, y recurre a los tres poderes gubernamentales para suplir su débil control por medio de la fe.
 
Evitemos el retroceso histórico. Reconstruyamos la moral pública. Forjemos ciudadanos —forjémonos como ciudadanos— en la fragua de la razón, la pasión, la libre decisión, la moral y el conocimiento científico y filosófico.

* Participación en el Foro "Fundamentos para una República Amorosa" en Puebla, Puebla, México; 16 de enero del 2012

 
 
 

Fundamentos para una república amorosa

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Por Andrés Manuel López Obrador.

La decadencia que padecemos se ha producido tanto por la falta de oportunidades de empleo, estudio y otros satisfactores básicos como por la pérdida de valores culturales, morales y espirituales. Por eso nuestra propuesta para lograr el renacimiento de México tiene el propósito de hacer realidad el progreso con justicia y, al mismo tiempo, auspiciar una manera de vivir, sustentada en el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza y a la patria.

Es sabido que los seres humanos necesitan bienestar. Es prácticamente aceptado por todos que nadie puede ser feliz sin tener trabajo, alimentación o cualquier otra necesidad, material o biológica. Un hombre en la pobreza piensa en cómo sobrevivir antes de ocuparse de tareas políticas, científicas, artísticas o espirituales.

Pero también es incuestionable que el sentido de la vida no se reduce sólo a la obtención de lo material, a lo que poseemos o acumulamos. Una persona sin apego a una doctrina o a un código de valores, no necesariamente logra la felicidad. Inclusive, en algunos casos, el triunfar a toda costa, sin escrúpulos morales de ninguna índole, conduce a una vida vacía y deshumanizada. De ahí que deberá buscarse siempre el equilibrio entre lo material y lo espiritual: procurar que a nadie le falte lo indispensable para la sobrevivencia y cultivar nuestros mejores sentimientos de bondad.

Cuando hablamos de una república amorosa, con dimensión social y grandeza espiritual, estamos proponiendo regenerar la vida pública de México mediante una nueva forma de hacer política, aplicando en prudente armonía tres ideas rectoras: la honestidad, la justicia y el amor. Honestidad y justicia para mejorar las condiciones de vida y alcanzar la tranquilidad y la paz pública; y el amor para promover el bien y lograr la felicidad.

Honestidad

La honestidad es la mayor riqueza de las naciones y, en nuestro país, este valor se ha venido degradando cada vez más. Aunque esto atañe a todos los sectores sociales, es, sin duda, la deshonestidad de los gobernantes y de las élites del poder, lo que más ha deteriorado la vida pública de México, tanto por el mal ejemplo como por la apropiación de bienes y riquezas de la colectividad. Inclusive puede afirmarse que la inmoralidad es la causa principal de la desigualdad y de la actual tragedia nacional. Dicho en otras palabras: nada ha deteriorado más a México que la corrupción política.

No obstante, siendo éste el principal problema del país y, aunque resulte increíble, es un tema que no aparece en la agenda nacional. Se habla de reformas estructurales de todo tipo, pero este grave asunto no se considera prioritario. Es más, no es tema en el discurso político, por el contrario, en la actualidad se ha extendido la especie del regreso del PRI, con la creencia de que ellos “roban pero dejan robar” y en el contexto de la máxima, según la cual, “quien no transa no avanza”.

Aunque se vive en el llamado mundo de la globalidad, tampoco se piensa en importar ejemplos de países y gobiernos que han tenido éxito en hacer de la honestidad el principio rector de su vida pública. En la información más reciente sobre índices de la percepción de la corrupción en 182 países del mundo, mientras Nueva Zelanda, Dinamarca, Finlandia y Suecia ocupan los primeros lugares en honestidad, México ocupa el lugar 100. Y, como es obvio, ellos tienen mejores niveles de bienestar. Pero lo paradójico y absurdo es que en la sociedad mexicana existe este valor y ni siquiera tendríamos que importarlo. Es decir, si hubiese voluntad para aprovechar las bondades de la honestidad, sólo sería cosa de exaltarla, de cultivarla entre todos y hacerla voluntad colectiva.

En los pueblos del México profundo se conserva aún la herencia de la gran civilización mesoamericana y existe una importante reserva de valores para regenerar la vida pública. Me consta que hay comunidades donde las trojes que se usan para guardar el maíz están en el campo, en los “trabajaderos”, lejos del caserío y nadie piensa en apropiarse del trabajo ajeno. En muchos lugares, hasta hace poco, no se tenía noción del robo. Aquí cuento que recientemente un joven compañero de Morena olvidó su cartera en el revistero de un avión comercial y días después recibió la llamada de un campesino migrante desde un lugar de California para informarle que él había encontrado su cartera con sus datos y dinero. El campesino migrante, originario de una comunidad de Veracruz, le preguntó sobre cuánto llevaba en la cartera y una vez aclarado el asunto se la envió a su domicilio. Mi joven compañero le preguntó al migrante, que apenas hablaba bien el español, por qué lo hacía. Le contestó que sus padres le habían enseñado a “hacer el bien sin mirar a quién” y que si actuaba así tendría en la vida una recompensa mayor.

Por ello digo que la honestidad es una virtud que aún poseemos y sólo es cosa de revalorarla, de darle su lugar, de ponerla en el centro del debate público y de aplicarla como principio básico para la regeneración nacional. Elevar la honestidad a rango supremo nos traería muchos beneficios. Los gobernantes contarían con autoridad moral para exigir a todos un recto proceder, nadie tendría privilegios. Se podría aplicar un plan de austeridad republicana para reducir los sueldos elevadísimos de los altos funcionarios públicos y eliminar los gastos superfluos. Asimismo, con este imperativo ético por delante se recuperarían recursos que hoy se van por el caño de la corrupción y se destinarían al desarrollo y al bienestar del pueblo.

Justicia

Todavía es vigente la frase bíblica de Madero de que el pueblo de México “tiene hambre y sed de justicia”. Es la demanda incumplida, pendiente, a pesar de la Revolución y de toda la retórica de los gobiernos posteriores. Tampoco aparece en la agenda de la llamada clase política. No obstante, es la sombra que nos persigue, que nos impide estar bien con nuestras conciencias y ser más humanos.

La pobreza en México es una amarga realidad, entristece, parte el alma y se encuentra por todos lados. Está presente en los estados del norte, donde antes no había tanta. Es notoria en las colonias populares de grandes concentraciones urbanas y de las ciudades fronterizas; en el campo de Zacatecas, Nayarit y Durango; predomina en el centro, en el sur y en el sureste del país, sobre todo en comunidades indígenas. En todas partes la gente no tiene oportunidades de empleo y se ve obligada a emigrar de sus comunidades, abandonando a sus familias, costumbres y tradiciones. La producción de autoconsumo, los programas de apoyo gubernamental y la ayuda que reciben quienes tienen familiares en el extranjero, no alcanza más que para sobrevivir. No hay para el pasaje, la medicina, para pagar el gas, el recibo de la luz, ni mucho menos para comer bien.

En México la falta de justicia debe avergonzarnos más porque no existe ninguna razón natural o geográfica que la justifique. Nuestro país, a pesar de que lo han saqueado por siglos, todavía es de los que poseen más recursos naturales en el mundo. En todo su territorio hay riquezas: en el norte, minas de oro, plata y cobre; en el sur, agua, gas y petróleo y, en todos lados, el pueblo cuenta con cultura, vocación de trabajo y con una inmensa bondad. De modo que la pobreza no puede atribuirse a la falta de recursos, a la fatalidad, al destino o a la supuesta flojera e indolencia de los mexicanos. Como hemos dicho, se debe a la corrupción imperante y a la economía de elite que sólo beneficia a una pequeña minoría. Lo más lamentable es que, aun con el sufrimiento que implica esta política económica, se insiste en perpetuarla a cualquier costo. Hay una estrategia deliberada para ocultar hasta lo evidente. No se difunden las cifras oficiales que demuestran cómo la llamada política neoliberal nos llevó a la ruina y a un mayor deterioro de la convivencia social. No se dice que en los pasados 15 años, por ejemplo, solo se han generado anualmente 500 mil empleos formales en promedio, cuando se requieren un millón 200 mil. Es decir, cada año 700 mil mexicanos han tenido que emigrar, buscarse la vida en la economía informal o tomar el camino de las conductas antisociales. Tampoco se habla de que hoy 67 por ciento de los trabajadores con empleo, siete de cada 10, reciben ingresos que no superan los tres salarios mínimos, o sea, 13 dólares o 10 euros diarios. Con esos sueldos nadie podría vivir en Estados Unidos ni en Europa.

Por ello, insisto, lo que más desespera y molesta es que quienes realmente gobiernan no hacen nada para evitar el deterioro sistemático de los niveles de vida. Este año, por mantener el negocio de unos cuantos en la compra de los combustibles en el extranjero, va a aumentar la gasolina, el diesel y el gas al doble de la inflación, y como resultado continúa la pérdida del poder adquisitivo del salario. En el más reciente reporte del Centro de Análisis Multidisciplinario de la Facultad de Economía de la UNAM se sostiene que un salario mínimo hace 29 años alcanzaba para comprar 51 kilos de tortilla, o 250 piezas de pan blanco, o 12 kilos de frijol bayo; y ahora, sólo alcanza para adquirir cinco kilos de tortilla o 25 piezas de pan blanco o tres kilos de frijol. De ese tamaño ha sido el empobrecimiento de la gente.

La inseguridad se combate con empleo y educación

Pero quizá lo que más revela la insensibilidad y el desprecio por la gente, es la forma en que se enfrenta la crisis de inseguridad y de violencia. El gobierno y las elites del poder son incapaces de aceptar que la pobreza y la falta de oportunidades de empleo y bienestar originaron este estallido de odio y resentimiento. Y, como es obvio, menos les importa atender las causas del problema. Por el contrario, en una especie de enajenación autoritaria, pretenden resolverlo con medidas coercitivas, enfrentando la violencia con la violencia, como si el fuego se pudiese apagar con fuego. Se dicen creyentes, pero olvidan que no es la violencia, sino el bien, lo que suprime el mal.

A este pensamiento hipócrita y conservador, debemos oponer el criterio de que la inseguridad y la violencia sólo pueden ser vencidas con cambios efectivos en el medio social y con la influencia moral que se pueda ejercer sobre la sociedad en su conjunto. No hay más que combatir la desigualdad para tener una sociedad más humana y evitar la frustración y las trágicas tensiones que provoca.

 
Estamos, pues, preparados y decididos a resolver la actual crisis de inseguridad y de violencia. Lo haremos bajo el principio de que la paz y la tranquilidad son frutos de la justicia. La solución de fondo, la más eficaz y la más humana, pasa por enfrentar el desempleo, la pobreza, la desintegración familiar, la pérdida de valores y por incorporar a los jóvenes al trabajo y al estudio.

Amor

El amor. Como hemos sostenido, la crisis actual se debe no sólo a la falta de bienes materiales sino también por la pérdida de valores. De ahí que sea indispensable auspiciar una nueva corriente de pensamiento para alcanzar un ideal moral, cuyos preceptos exalten el amor a la familia, al prójimo, a la naturaleza y a la patria.
La descomposición social y los males que nos aquejan, no sólo deben contrarrestarse con desarrollo y bienestar y medidas coercitivas. Lo material es importante, pero no basta: hay que fortalecer los valores morales.
A partir de la reserva moral y cultural que todavía existe en las familias y en las comunidades del México profundo, y apoyados en la inmensa bondad que hay en nuestro pueblo, debemos emprender la tarea de exaltar y promover valores individuales y colectivos. Es urgente revertir el desequilibrio que existe entre el individualismo dominante y los valores orientados a hacer el bien en pro de los demás.

Yo sé que este tema es muy polémico, pero creo que si no se pone en el centro de la discusión y del debate, no iremos al fondo del problema. Tenemos que convencer y persuadir que si no buscamos alcanzar un ideal moral, no se podrá transformar a México. Sólo así podremos hacer frente a la mancha negra de individualismo, codicia y odio que se viene extendiendo cada vez más y que nos ha llevado a la degradación progresiva como sociedad y como nación.

Quienes piensan que este tema no corresponde a la política, olvidan que la meta última de la política es lograr el amor, hacer el bien, porque en ello está la verdadera felicidad. Baste señalar que, desde 1776, en la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica, se propone como uno de sus objetivos “fomentar la felicidad”, “a fin de formar una unión más perfecta”. En el artículo primero de la Constitución francesa de 1793 se menciona que “el fin de la sociedad es la felicidad común”. Asimismo, en nuestra Constitución de Apatzingán de 1814, se estableció el derecho del pueblo a la felicidad. Hay también quienes sostienen que hablar de fortalecer los valores espirituales es inmiscuirse en el terreno de lo religioso. La respuesta sobre este asunto la da Alfonso Reyes, de manera magistral, en su Cartilla Moral. Dice que “el bien no sólo es obligatorio para el creyente, sino para todos los hombres en general. El bien no sólo se funda en una recompensa que el religioso espera recibir en el cielo. Se funda también en razones que pertenecen a este mundo”.

En los pueblos de Oaxaca, por ejemplo, los miembros de la comunidad practican sus creencias religiosas y, al mismo tiempo, trabajan en obras públicas y en cargos de gobierno, sin recibir salario o sueldo, motivados por el principio moral de que se debe servir a los demás, a la colectividad. No domina el individualismo; la persona no vale por lo que tiene o por los bienes materiales que acumule, sino por el prestigio que logra después de probar su vocación de servicio, su rectitud y el amor a sus semejantes, y esa es su mayor recompensa en la tierra.

Luego entonces, el propósito es contribuir en la formación de mujeres y hombres buenos y felices, con la premisa de que ser bueno es el único modo de ser dichoso. “El que tiene la conciencia tranquila duerme bien, vive contento”. Debemos insistir en que hacer el bien es el principal de nuestros deberes morales. El bien es una cuestión de amor y de respeto a lo que es bueno para todos. Además, la felicidad no se logra acumulando riquezas, títulos o fama, sino estando bien con nuestra conciencia, con nosotros mismos y con el prójimo.

La felicidad como objetivo social

La felicidad profunda y verdadera no consiste en los placeres momentáneos y fugaces. Ellos aportan felicidad sólo en el momento que existen y después queda el vacío de la vida que puede ser terriblemente triste y angustioso. Cuando se pretende sustituir la entrega al bien con esos placeres efímeros puede suceder que éstos conduzcan a los vicios, a la corrupción y que aumente más y más la infelicidad humana. En consecuencia, es necesario centrar la vida en hacer el bien, en el amor, y a su vez, armonizar los placeres que ayudan a aliviar las tensiones e insatisfacciones de la vida. José Martí decía que el autolimitarnos, la doma de sí mismo, forja la personalidad, embellece la vida y da felicidad. Pero en caso de conflicto o cuando se tiene que optar, inclinarse por el bien ha de predominar sobre los placeres momentáneos. Por eso es muy importante una elaboración libre, personal, sobre lo que constituye el bien para cada uno de nosotros, según sea nuestra manera de ser y de pensar, nuestra historia vital y nuestras circunstancias sociales.

Sin embargo, existen preceptos generales que son aceptados como fuente de la felicidad humana. Alfonso Reyes, en su Cartilla Moral, los aborda “desde el más individual hasta el más general”, “desde el más personal hasta el más impersonal”, podemos imaginarlos, dice, “como una serie de círculos concéntricos”, “comenzamos por el interior y vamos tocando otro círculo más amplio”. Según Reyes, son seis preceptos básicos los que forman parte del “código del bien”: el respeto a nuestra persona en cuerpo y alma; el respeto a la familia; el respeto a la sociedad humana en general, y a la sociedad en particular; el respeto a la patria; el respeto a la especie humana; y el respeto a la naturaleza que nos rodea.

Mucho antes, León Tolstoi en su libro Cuál es mi fe, sostenía que son cinco las condiciones para la felicidad terrenal admitidas generalmente por todo mundo: el poder gozar del cielo, del sol, del aire puro, de toda la naturaleza; el trabajo que nos gusta y hemos elegido libremente; la armonía familiar; la comunión libre y afectuosa con todos los hombres; la salud, y la muerte sin enfermedad.

Por supuesto que hay otros preceptos que deben ser exaltados y difundidos: el apego a la verdad, la honestidad, la justicia, la austeridad, la ternura, el cariño, la no violencia, la libertad, la dignidad, la igualdad, la fraternidad y a la verdadera legalidad. También deben incluirse valores y derechos de nuestro tiempo, como la no discriminación, la diversidad, la pluralidad y el derecho a la libre manifestación de las ideas. Y en todo ello, no dejar de admitir que en nuestras familias y pueblos existe una reserva moral de importantes valores de nuestras culturas que se han venido forjando de la mezcla de distintas civilizaciones y, en particular, de la admirable persistencia de la gran civilización mesoamericana.

En suma, estos fundamentos para una república amorosa deben convertirse en un código del bien. De ahí que hagamos el compromiso de convocar con este propósito a la elaboración de una constitución moral a especialistas en la materia, filósofos, sicólogos, sociólogos, antropólogos y a todos aquellos que tengan algo que aportar al respecto, como los ancianos venerables de las comunidades indígenas, los maestros, las padres y madres de familia, los jóvenes, los escritores, las mujeres, los empresarios, los defensores de la diversidad y de los derechos humanos, los practicantes de todas las religiones y los libre pensadores.

Una vez elaborada esta constitución moral, debemos hacer el compromiso de fomentar estos valores mediante todos los medios posibles. Introducir en la enseñanza la educación moral, darle toda la importancia que tienen materias como el civismo, la ética y la filosofía; propagar virtudes y destacar ejemplos positivos en los medios de comunicación. El propósito no sólo es frenar la corrupción política y moral que nos está hundiendo como sociedad y como nación, sino establecer las bases para una convivencia futura sustentada en el amor y en hacer el bien para alcanzar la verdadera felicidad.
 
 

En defensa de las normales rurales

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Episodios de la historia de México
Por Luz Nieto

Narciso Bassols, Lázaro Cárdenas e Ignacio García Téllez consolidaron las escuelas normales rurales. Siguiendo las líneas de la tradición pedagógica nacional, abrieron espacios públicos de formación profesional, intelectual y política de maestros de educación indígena y rural. Ellos serían organizadores de indígenas y campesinos; divulgadores del pensamiento social más avanzado; traductores de lenguas originarias y salvaguardas de los saberes, identidades y derechos de los pueblos. Estos maestros se encargarían de la alfabetización y educación básica de los pueblos más pobres del país, una responsabilidad del Estado.
    
            Estimo que el Gobierno de la Revolución debe seguir prestándole (a las comunidades indígenas) su apoyo moral ilimitado, y poniéndoles a su servicio la ayuda material que se haga indispensable, para incorporarlas definitivamente a nuestra civilización, borrando las características de parias que por desgracia todavía conservan(…) para darles atributos que (…) les corresponden a todos los seres humanos… (Lázaro Cárdenas, campaña presidencial, 1934).
 
La persecución y el asesinato de normalistas de Ayotzinapa hoy, tristemente, es resultado de la perversa conjunción del olvido de nuestra historia; de la ignorancia y desdén gubernamental por los pueblos originarios; la barbarie e impunidad de los cuerpos policíacos, tanto federales como locales; la persistencia del sistema de corrupción del que se beneficia una cúpula sindical; y la guerra declarada en contra de la educación indígena y rural, en la que las instrucciones del Banco Mundial se confunden con el desprecio a los jóvenes, el racismo y la intolerancia en contra de quienes resisten. Es urgente que se haga justicia verdadera: los muertos de ayer y hoy claman por una educación al servicio del pueblo.
 

Entre todos tenemos que salvar al país

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La crisis por la que atraviesa México es tan profunda que sólo con un Nuevo Pacto social construido entre todos los mexicanos, podrá salir adelante el país.
 
Ciudadanos de todos los sectores sociales se están acercando a escuchar las propuestas de Andrés Manuel López Obrador. Es una convergencia de campesinos, indígenas, colonos, obreros, empresarios, estudiantes, maestros, amas de casa, que se está uniendo entorno a AMLO. Hay también empresarios de todas las ramas productivas que se han sumado al único proyecto de cambio que existe en el país.
 
El acercamiento de AMLO con empresarios no es nuevo. Como jefe de gobierno del Distrito Federal estableció una relación de colaboración y logró la mayor inversión extranjera del país, impulsó grandes obras de infraestructura apoyado por empresarios nacionales y promovió el desarrollo económico de la ciudad, generando empleos.
 
En plena precampaña electoral, muchos empresarios grandes, medianos y pequeños se han reunido con López Obrador. Están desencantados con el PAN y el PRI.
 
Como parte de un nuevo episodio de la guerra sucia contra AMLO, hay medios de comunicación y comentaristas que lo presentan como enemigo de los empresarios pero que por conveniencia, dicen hoy cambió. Sin embargo, AMLO nunca se ha expresado contra los empresarios en general sino que ha cuestionado a las cúpulas empresariales que financiaron la guerra sucia en su contra en 2006, a los monopolios que dañan a productores y consumidores y a las grandes empresas que no pagan impuestos. López Obrador se propone en el Proyecto Alternativo de Nación apoyar a todos los sectores de la población, incluyendo a los empresarios medianos y pequeños que generan 80% de los empleos del país.
 
"El país se está hundiendo en una grave crisis económica, social, de inseguridad y de violencia y los empresarios son fundamentales para el desarrollo económico del país. Para salvar a México se necesita de la unidad de todos", declaró AMLO.
Heredero de la tradición democrática, MORENA está abriendo el espacio para que la sociedad participe de la transformación de México. El cambio verdadero está en la gente.


 

 

 

Regeneración 23, AMLO 2012: El cambio verdadero está por venir

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Editorial:
 
 
Para 2012
 
Tenemos al alcance de la mano
en este 2012 que comienza,
el darnos un país por recompensa
pacífico, amoroso y soberano.
 
Vayamos, de la costa al altiplano,
a organizar el voto y su defensa.
Hagamos entre todos una inmensa
marea de sufragio ciudadano.
 
Si bien ha de ser dura la faena,
que nadie desfallezca ni desista
porque el fruto, al final,
valdrá la pena:
 
una nueva nación está a la vista
si obtenemos el triunfo con MORENA
y con el Movimiento Progresista.
Pedro Miguel 
 


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